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Pero ¿cómo comenzó todo? Tengo que reconocer que, al igual que en muchos descubrimientos a lo largo de la historia, la serendipia está en la base de mis comienzos como nanoartista. En el año 2013, mientras investigaba el desarrollo de recubrimientos antibacterianos, observé que algunos de los recubrimientos obtenidos, pese a ser transparentes, presentaban zonas de aspecto irisado. El científico inquieto que hay en mí me llevó a querer comprender el porqué de ese efecto, por lo que decidí estudiar el material utilizando un microscopio óptico. Lo que descubrí, con gran asombro, fue que el recubrimiento creado se había fragmentado en cristales diminutos y que, debido a su espesor nanométrico, interactuaba con la luz de forma similar a como interactúa con la luz una pompa de jabón o en una mancha de aceite, creando una hermosa vidriera a escala micrométrica, escondida ante mis ojos. Lo cierto es que quedé totalmente impresionado de este efecto, y me sentí afortunado por poder presenciar esta maravilla de la naturaleza, tan grande y tan pequeña al mismo tiempo.

Desde ese momento, y hasta el día de hoy, he perseguido aunar el mundo de la ciencia y el arte a partir de la búsqueda de materiales con propiedades estéticas sorprendentes. Esto me ha llevado a estar siempre atento a las investigaciones llevadas a cabo en el área de Tecnología de Superficies y Materiales Avanzados de AIN, y a dedicar mi tiempo a estudiar y comprender los recubrimientos y materiales más fascinantes estéticamente, llegando a emplearlos del mismo modo que un pintor elije los colores de su paleta.

Gracias a ello he podido desarrollar un proceso creativo que combina, por un lado, la preparación de materiales a escala nanométrica con multitud de patrones de forma y color, y por otro, la fotografía a escala microscópica. Esto me ha permitido crear obras de nano-arte con colores reales, no retocados mediante procesado digital de imagen.